Vivimos en internet, somos datos para miles de algoritmos y las grandes
empresas hacen negocio con ellos. La personalización de los contenidos crea un
entorno ficticio afín a nuestras ideas. Pero hay resistencia. La libertad está
en juego
Por Vanesa Jimenez y José Luís Marín
¡Oh qué maravilla!
¡Cuántas criaturas bellas hay
aquí!
¡Cuán bella es la humanidad!
Oh mundo feliz,
en el que vive gente así.
La Tempestad, Capítulo V

Durante cuatro meses de 1932 Aldous
Huxley escribió Un
mundo feliz, su novela más famosa, una ficción distópica sobre una
sociedad sometida por la ciencia a la satisfacción plena. Aquel cosmos de
cultivos humanos, predestinación y ausencia de libre albedrío se fraguó en una
época en la que los totalitarismos pugnaban por dominar una parte del mundo.
Cerebros condicionados y ayudados por el soma, una droga ideada para curar la
melancolía (“si por desgracia se abriera alguna rendija de tiempo en la sólida
sustancia de sus distracciones, siempre queda el soma: medio gramo para una de
asueto, un gramo para fin de semana, dos gramos para viajar al bello Oriente,
tres para una oscura eternidad en la Luna”), componían la sociedad perfecta con
la que Huxley ironizó contra las tiranías. Aquel mundo feliz era ciencia ficción. Sí. Pero
también apuntaba futuros posibles. La vida digital nos está acercando a algunos
de ellos.