Por
David Fernández
“Todas las desgracias del hombre se derivan del hecho
de no ser capaz de estar
tranquilamente sentado y solo en una habitación”
Blaise
Pascal
Han vuelto los delfines en Cerdeña. El agua de Venecia, como el
aire, se limpia. El turistificado mercado barcelonés de la Boqueria se
convierte, de nuevo, en un mercado de barrio. Abren hoteles en París para
acoger vagabundos. Y han cerrado el CIE de la Zona Franca. Y se han parado los
desahucios. Y ya no es primavera en El Corte Inglés. Lo privado lucrativo se ha
puesto –por decreto– al servicio de lo público universal. La lista repentina es
larguísima, bajo esta inédita excepción hecha catarsis. Pero a pesar de todo,
la principal paradoja insólita, tras décadas mercantiles de neoliberalismo, es
que la salud se prioriza frente a la economía. En cambio, el condicionante
determinante de nuestros días es precisamente lo inverso: que todo se hace tras
un ciclo caracterizado severamente por todo lo contrario. Cuando la economía se
imponía a la salud –y a la política y al derecho a la vivienda y a la cultura y
a todo y al mundo entero. Ayer dogma; hoy, drama.