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Pinochetazo en Venezuela


Por Isaac Bigio

El 11 de septiembre de 1973 se dio el golpe militar que bombardeó el Palacio de Gobierno de Chile y produjo el derrocamiento y la muerte del primer presidente “socialista” constitucionalmente electo en Latinoamérica. La dictadura totalitaria que impuso el general Augusto Pinochet duró 17 años en los cuales un 0.3% de la población de Chile fue torturada, desaparecida o asesinada, y un 2% fue obligada a dejar su patria. Pinochet fue un artífice del Plan Cóndor que ejecutaron todas las juntas castrenses de Perú, Bolivia, Chile, Argentina, Paraguay, Uruguay y Brasil para coordinar violaciones a los derechos humanos. Él destruyó las conquistas sociales, privatizó todos los servicios (incluso las pensiones) y redujo los salarios y la estabilidad laboral, dando paso al modelo monetarista que terminaría por esparcirse por todo el continente.

 Golpe frustrado

A 46 años del golpe de Chile 1973 se estuvo por dar otro golpe similar en Caracas. Al igual que el que se dio en la capital más austral de Sudamérica, el que se planeó ejecutar en la capital más septentrional del mismo continente buscaba bombardear el Palacio de Gobierno y matar a su presidente “socialista” electo. Trump, que ha logrado desintegrar a la Unión de Naciones Sudamericanas y que ha polarizado a Latinoamérica y el Caribe entre gobiernos que le siguen y gobiernos a los que busca aislar, sancionar o derrocar,  hubiese querido que este Pinochetazo fuese una antesala de ataques contra los gobiernos de Cuba, Nicaragua, Bolivia, Uruguay y México. Este cuartelazo debió haberse realizado el 23-24 de junio, ocho semanas después de la fallida asonada militar que organizaron Juan Guaidó y Leopoldo López el 30 de abril.

Según Jorge Rodríguez, ministro de comunicaciones venezolano, fue desarticulado un bien financiado complot que contemplaba la matanza de millares y la participación de combatientes colombianos, israelíes y norteamericanos, del cual tendría previo conocimiento el presidente colombiano Iván Duque y el chileno Sebastián Piñera.  Éste buscó asaltar las bóvedas del banco central del país para apropiarse de su oro y municiones y atacar a varias instituciones públicas, desde el Palacio de Gobierno hasta cuarteles y redes de telecomunicaciones.

Según Rodríguez hay casi 60 horas de videos obtenidos mediante sus servicios de inteligencia y dentro de los que se han seleccionado para la TV se muestran reuniones o videoconferencias que tuvieron los golpistas en los cuales claramente los protagonistas hablan de que emplearían 160,000 municiones de metralleta para atacar a posibles defensores civiles del chavismo y ejecutar a líderes sociales y milicianos.

En éstos se ven los rostros y se oyen las voces de muchos de quienes ya han sido arrestados. Algunos de ellos hablan de quemar grifos para desabastecer de combustibles, y de que un objetivo central era asesinar al presidente Nicolás Maduro, a su primera dama Cilia Flores, al presidente de la Asamblea Nacional Constituyente y número dos del gobernante Partido Socialista Unido de Venezuela Diosdado Cabello, al presidente del Tribunal Supremo de Justicia Mikael Moreno, y a la mayor parte de los mandos militares. Según palabras de uno de los golpistas se buscaba mostrar la foto del cadáver de Maduro para alentar una rebelión. Uno de los conspiradores sostenía que varios operadores israelíes ya estaban en Venezuela preparando estos asesinatos, en los cuales querían, además, incluir a personalidades de origen árabe como Tareck El Aissami, ministro de industrias, y Tarek Saab, fiscal general.

Según los videos mostrados dentro de los golpistas había una pugna interna pues un ala de éstos quería liberar al ex general Raúl Baduel de su presidio para llevarlo hacia un canal de TV donde él se autoproclamaría como el nuevo presidente, mientras que otra ala estaba más cercana a Leopoldo López. Ambos sectores iban a colocar a Guaidó como parte de su “gobierno de transición”, aunque los partidarios del primero como una figura más subordinada.

Gravedad

Estos hechos marcan un giro en la política latinoamericana. Se supone que desde que se fueron los dictadores Pinochet en Chile y Stroessner en Paraguay la región ha vivido unas tres décadas de democracias multipartidarias constitucionales. Eso se ha dado con algunas excepciones tales como el autogolpe de Fujimori en Perú 1992 o los golpes parlamentarios en Honduras, Paraguay y Brasil, pero en ningún caso se ha vuelto a repetir un Pinochetazo que termine con la muerte del presidente electo, el ataque al palacio de gobierno o masacres masivas.

En todo el tercer milenio no se ha dado ningún magnicidio en las Américas. Un año atrás, el 4 de agosto del 2018, drones-bombas explotaron cerca a Maduro cuando él presidía un desfile militar. Un periodista de Miami (que abiertamente reclama haber participado en una reunión preparatoria de dicho ataque) también afirmó que el helicóptero que cayó el 4 de mayo en Caracas donde murieron 7 militares fue un acto de sabotaje hecho porque se pensaba que allí iba a estar Maduro.

En EEUU varios periodistas y hasta un general retirado abiertamente llaman a asesinar al presidente venezolano sin que ninguno de ellos sea juzgado por incitar al terrorismo o magnicidio, mientras que si pidieran asesinar a Donald Trump o cualquiera de sus gobernantes aliados, sí terminarían en la cárcel. Marco Rubio, el principal portavoz oficialista en el Senado de EEUU en pro de una invasión a Venezuela llegó antes a twittear fotos del cadáver del linchado presidente libio Muammar Gadafi como un estímulo para hacer lo mismo con Maduro, aunque John Bolton, el asesor de seguridad de Trump, fue más “moderado” al decir que ellos solamente lo iban a secuestrar y llevar encadenado a Guantánamo.    

Los magnicidios son cosas que terminan creando mucho caos. Cuando en 1933 un aprista disparó al presidente peruano Sánchez Cerro eso ayudó al veto militar contra su partido y a nuevas dictaduras castrenses. El asesinato del presidenciable líder liberal colombiano Jorge Eliécer Gaitán en 1948 abrió la caja de Pandora tras lo cual se darían más de un millón de muertos y una violencia que aún no para hoy.

Cuando hace 12 meses Maduro se salvó de un magnicidio él entonces era reconocido como el presidente constitucional de Venezuela por EEUU, la OEA y todos los países del mundo. A pesar de lo extremadamente grave de ese hecho ni EEUU ni sus aliados salieron en defensa del presidente bombardeado. Hoy, ante el frustrado intento de hacer un golpe más sangriento que el de Pinochet, la OEA no condena ello.  Sin embargo, ésta si condena la muerte del capitán Rafael Acosta Arévalo, uno de los golpistas detenidos. Maduro ha ordenado una investigación sobre este hecho pues medios oficialistas sugieren que él no hubiese fallecido como efecto de torturas sino por haber sido envenenado por agentes secretos interesados en que él no suelte más información.

Un posible golpe de esas características en Caracas hubiese transformado a Maduro y Cabello en mártires abriendo una violencia peor que la que se dio en Colombia post-1948 salpicando a todo el hemisferio. Hay 2 a 3 millones de milicianos venezolanos que, en caso de que el chavismo sea derrocado, van a entrar en una resistencia armada, la misma que empalma con una expansión de la guerrilla en Colombia y posible desarrollo de nuevos grupos armados y huelgas en todo el continente.

Nueva época

 Lo que viene ocurriendo en Venezuela es algo que está alterando a todas las Américas. Al margen de cuál sea nuestra caracterización del gobierno de Maduro (si es legítimo o autocrático) lo cierto es que Trump viene promoviendo una estrategia que tiende a transformar al Caribe en un nuevo Medio Oriente.

El 23 de enero pasó un hecho inédito en la historia continental. A 10 minutos exactos en el que Juan Guaidó, presidente de la Asamblea Nacional, decidió auto-juramentarse como “presidente” de Venezuela sin consultar con este parlamento y sorprendiendo incluso a sus aliados, Trump le reconoció como el único mandatario legítimo de su país y poco después 53 países le siguieron en ello.

Hasta la víspera Guaidó era alguien desconocido por la gran mayoría de sus compatriotas. Él nunca compitió en ninguna elección general ni con ningún otro candidato de su partido o de dicha asamblea para llegar a tal puesto, pues fue designado a dedo por Leopoldo López porque en el cuarto periodo de esta asamblea le correspondía al líder del cuarto partido de oposición nombrar a su presidente anual rotatorio.

Pese a que Guaidó nunca controló ningún territorio, cuartel, comisaría o entidad estatal en Venezuela, él fue reconocido por 54 naciones como el gobernante de un país que jamás ha gobernado.

Se supone que en toda democracia el presidente es electo por el pueblo y hay una división de los 3 poderes constitucionales, pero Guaidó (que la única elección que tuvo fue con menos de 100,000 votos para ser diputado) se declara, al mismo tiempo, presidente del poder ejecutivo y del poder legislativo, mientras que no obedece a ninguna orden del poder judicial. Además carece de ministros, portavoces o de gabinete. Él es el único que habla en sus discursos. Mientras él hace medio año circula libre acusando a Maduro de ser un dictador usurpador y anticonstitucional, él opera como tal usurpando funciones constitucionales mientras promueve golpes y la ocupación militar extranjera de su patria.

A pesar que Guaidó no tiene un canciller sí tiene decenas de “embajadores”, incluyendo uno en la OEA, entidad de la cual Caracas anunció su retiro hace dos años, y que un tercio de sus componentes no aceptan la presencia de tal representante.

Luis Almagro, secretario general de la OEA, incluso se hizo presente en Cúcuta (22-23 febrero) junto a los presidentes de Colombia y Chile para promover la incursión violenta de camiones con “ayuda” traída por aviones militares norteamericanos hacia Venezuela con el fin de iniciar una guerra para tomar el poder.

Washington, quien antes ha logrado deponer a presidentes izquierdistas electos en Honduras, Paraguay y Brasil mediante golpes parlamentarios, en Venezuela ha radicalizado dicho método. Fue Trump quien nombró a Guaidó como su presidente (y el resto de opositores y países tuvieron que aceptar su designio), a quien usan para justificar complots armados para asesinar al presidente y derrocar sangrientamente al gobierno. EEUU abiertamente prepara una invasión, ha saboteado al servicio de luz en Venezuela, ha tomado la principal empresa estatal venezolana en el exterior (CITGO) y ha promovido la retención de miles de millones de dólares de reservas en bancos europeos. Además, las sanciones económicas que ha impuesto contra los venezolanos vienen agudizando la crisis, éxodo e hiperinflación.

Y mientras Guaidó promueve esas duras sanciones, el antichavista “Panam Post” ha revelado que Guaidó, su entorno y su partido han malversado millones de dólares para llenarse de lujos personales. Richard Branson, quien organizó el mega-concierto de Cúcuta, se ha deslindado de tales desfalcos en tanto que él antes promovió un golpe para lucrar con privatizaciones que le ofrecían. 

No se trata de apoyar a Maduro sino de defender la democracia y la soberanía de toda nación latinoamericana ante la intromisión de Trump y de sus intentos de hacer que en su “patio trasero” se den magnicidios, guerras y tiranías brutales como las que han sufrido Irak y Libia tras las intervenciones norteamericanas.