¿Así que usted cree que la fuerza de un hombre, su
valor, ha sido creada para invertirla en echar abajo a otro hombre? ¡Magnífico!
A mí me parecía que el valor de un individuo debe servirle para trabajar y
hacer la riqueza colectiva, y no para usarlo como arma ofensiva contra los
demás. ¡Su teoría es maravillosa!… (César Vallejo, El tungsteno)
Por Salvador López Arnal
Rebelión
Los resultados antiobreros de la globalización
neoliberal, el transitado sendero del ecosuicidio, el inmenso poder de las
grandes corporaciones y sus prácticas de evasión pueden ser ilustradas de
maneras muy diversas. Una de las posibles (de un informe de Oxfam Vía Libre):
en el año 2015 las grandes multinacionales trasladaron unos 600.000 millones de
dólares (la mitad aproximadamente del PIB español) a paraísos fiscales. Un 30%
de estas “estafas nacionales-fiscales” dentro de la UE. Las pérdida de
recaudación para España, Francia, Italia y Alemania fueron de unos 35.000
millones. En seis años, más de 200.000 millones.
Una de las condiciones para ello: explotación
creciente y despiadada de las clases trabajadoras. Y no sólo en territorios no
desarrollados o empobrecidos. Un ejemplo: la pobreza en Cataluña afecta a más
de millón y medio de personas (la población es de 7,5 millones, en torno a un
20%), de las cuales cerca de 350.000 (un 5% aproximadamente) sufren las duras y
terribles penalidades de la pobreza severa.
Hay otras consecuencias del desarrollismo
capitalista desbridado: las muertes prematuras por contaminación. Se calcula
que son más de 800 mil en toda Europa. En el mundo la cifra asciende a 8,8
millones (el doble de lo (mal) calculado anteriormente) [1].
¿Y cuál es el futuro que se presenta a las clases
trabajadoras que van perdiendo poco a poco (a veces también de golpe) sus
derechos laborales conquistados, incluso los más básicos, los más esenciales?
No creo que nadie pueda tildar de economista -o
pensador- radical a Joaquín Estefanía, el que fuera director de El País.
Tal vez por ello convenga presentar algunas de sus consideraciones sobre el
mundo obrero realmente existente en esta fase hegemónica neoliberal del
capitalismo. En uno de sus últimos artículos, "El miedo y el futuro del
trabajo” [2], señalaba, por ejemplo, cosas del siguiente tenor:
1. Más del 60% de la población activa mundial
pertenece a la economía sumergida (es decir, a la economía ocultada y sin
derechos y protección para los trabajadores).
2. El planeta Trabajo, la expresión es suya, “se
halla en una de sus mutaciones más profundas desde el inicio de la revolución
industrial en el siglo XVIII”. ¿Por qué? “Porque la naturaleza misma del
trabajo y su relación vertebradora de la cohesión social están
en cuestión”.
3. La transformación está siendo tan profunda “que
genera temor en amplias capas de la sociedad”, en amplios sectores de las
clases trabajadoras fundamentalmente.
4. Una de las consecuencias de ello, apunta JE, es,
posiblemente, “la ola de conservadurismo (de derechas, pero también de
izquierdas) que asola al mundo y que disputa, en estos momentos, la hegemonía
al liberalismo y a la socialdemocracia” (dejo ahora, no entro en ello, lo del
“conservadurismo de izquierdas”). Muchos ciudadanos-obreros tienen miedo “a
perder su puesto de trabajo en el futuro inmediato, sustituirlo por otro de
peor calidad y menor seguridad” o incluso a instalarse en la precariedad
permanente. No hay más vida que esa, cualquier otro modelo es utopía, sueño. De
hecho, sabido es, España encabeza las tasas de temporalidad [3].
5. Según uno de los últimos informes de la OIT -que
cumple ese año su primer centenario— “se está reduciendo el paro en el planeta
(173 millones de desempleados, un 5% de la población activa), pero no mejora la
calidad del empleo, todo lo contrario, decenas de millones de personas se ven
obligadas a aceptar condiciones muy deficientes”. El trabajo decente y en
condiciones es escaso, cada vez más. No hay otra.
6. 3.300 millones son los asalariados en el mercado
global. De ellos -el dato es terrorífico- más de 2.000 millones (un 61% del
total) pertenecen a la economía sumergida, como decíamos. “En su mayor parte no
tienen derecho a protección social, 1.100 millones de personas trabajan por
cuenta propia (autónomos, verdaderos o falsos), a menudo en actividades de mera
subsistencia debido a la falta de oportunidades de empleo en el sector formal”.
Con problemas graves para beneficiarse de algunos de los capítulos que componen
el cada vez más disminuido y demediado Estado del bienestar (mejor Estado
asistencial).
7. Una de cada cinco personas menores de 25 años
-la juventud sin futuro del 15M- no trabaja ni estudia ni recibe formación
alguna.
8. Es en este contexto, prosigue JE, en el que se
expande el capitalismo de plataformas, que abarca,
en progresión geométrica, a un número creciente de sectores productivos. “De
las plataformas digitales se puede afirmar que, asumida su presencia creciente,
la gran tarea es regularlas sabiendo que hay una gran asimetría entre unos
poderes públicos lentos en reaccionar y unas empresas tecnológicas
extraordinariamente rápidas en asentarse”.
9. JE comenta que la profesora de Derecho del
Trabajo y de la Seguridad Social María Luz Rodríguez Fernández [MLRF], una
estudiosa del tema, “cree que lo novedoso está en cómo las plataformas
digitales cambian la organización del trabajo y ponen contra las cuerdas las regulaciones
pensadas para otros modelos de producción”. Desde un punto de vista sindical,
el punto es esencial. Una de las cuestiones más urgentes, añade MLRF, sería
elaborar un catálogo de derechos laborales comunes para los asalariados y
autónomos, catálogo “que habría de aplicarse a los trabajadores de las
plataformas”. Punto crucial igualmente desde una perspectiva sindical de
resistencia.
10. Muchos trabajadores trabajan en este tipo de
empresas tecnológicas porque no han encontrado un trabajo convencional, señala
JE.Así es. Uno de sus temores principales “es ser desactivados de las apps que les notifican los encargos disponibles
y, por tanto, perder el acceso al trabajo (despido digital) sin previo aviso ni
conocimiento de los motivos”. Según MLRF, las plataformas raramente aparecen
como empresas con trabajadores bajo su responsabilidad. Son “plataformas
tecnológicas desprovistas de mano de obra, porque a sus presuntos financiadores
(sociedades de capital riesgo) no les gusta invertir en trabajo, sino en
tecnología”. Explotación a larga distancia, con fuerza de trabajo de usar y
tirar y sin derechos.
11. La experiencia que tenemos de la confrontación
entre las empresas del capitalismo de plataformas y el que se podría denominar
capitalismo analógico, señala JE, “es que las primeras apelan a la modernidad y
a la tecnología digital y crean un relato de ruptura con el pasado que no es
algo inocente, sino que parece significar que la normativa y las garantías
laborales vigentes no sirven para afrontar esta nueva realidad avasalladora”.
La posmodernidad es un atraco en toda regla, mayor aún, a las clases
trabajadoras.
12. En trabajos de la autora citada hay una
recomendación genérica, muy útil en opinión de JE, para los cada vez más
numerosos usuarios de las heterogéneas plataformas digitales: “cada vez que nos
encontremos con un servicio o un producto especialmente barato pensemos en lo
poco que tiene que haber ganado el trabajador para que ese servicio o este
producto cueste tan poco”.
13. Una nota de Ignacio Vidal Folch, "Te vendo
el alma por una ‘app’ sexi. El recurso a las plataformas de la economía digital
suscita dilemas éticos. El autor debate con Chuky, un álter ego imaginario y
diabólico, los pros y los contras de recurrir a Uber, Amazon y Airbnb” https://elpais.com/elpais/2019/02/27/ideas/1551267234_743017.html,
citada por JE, ayuda a entender la situación. Algunos pasos:
¡Qué alegría, ya vuelven a circular los
taxis! Los taxistas han puesto fin a su larga y enconada
huelga gracias a la firmeza de la Comunidad de Madrid, que ha
demostrado que… —… demostrado que le importan un bledo los intereses de los colectivos
de trabajadores cuando los toma al asalto el neocolonialismo en versión digital
—dice Chuky, el muñeco diabólico que vive en mí
y que acaba de despertarse, como siempre, de mal humor. ¿He contado ya que en
cada uno de nosotros no habita, como dicen, un niño interior al que hemos de
cuidar, sino un muñeco diabólico? El mío se llama Chuky, viste levita verde y
plastrón, se parece a Juan
Carlos Monedero y tiene muy mal carácter. Me ha dicho:
—Y si las instituciones del Estado no amparan a los
trabajadores, ¿para qué sirven, para qué tenemos que mantenerlas?
—Hombre, Chuky, no seas así. A todos nos preocupan
el incierto porvenir, la destrucción de puestos de trabajo y los sueldos de
miseria que contribuyen al precariado y que son consustanciales a estas
megacorporaciones de servicios que operan en lo digital, pero…
—Sí, sí, “pero”, pero cuando un sector regulado,
como el del taxi -que es perfectible pero funciona razonablemente, ofrece a los
usuarios un servicio muy correcto y garantiza la subsistencia de miles de
familias- sufre el asalto de unos inversores multibillonarios con empleados no
sindicados y servicios más baratos de su coste real, con el objetivo
transparente de monopolizar el mercado… ¿Dónde está la solidaridad de los
intelectuales, de los periodistas, de la sociedad? ¿Qué pensabais, qué decíais,
cuando los taxistas viendo a Hannibal ad portas presentaban
resistencia a su extinción? ¿Dónde queda el pacto social?
[…] —Sí, cuando las abstracciones sobre la inevitabilidad
del mundo digital y las bondades de la desregularización no resultan
convincentes, entonces se manifiesta el clasismo del burgués acomodado —esto
es: acomodado hasta que las corporaciones multibillonarias del algoritmo pongan
también sus zarpas y sus infinitos recursos a apoderarse de su profesión—. El
clasismo, sí. De pronto los taxistas ya no son los sacrificados currantes que
pasan 12 horas en un trabajo estresante y muy poco saludable para llevar a casa
un sueldo digno, sino mafiosos de medio pelo y tipos amargados que siempre
tienen en la radio el Carrusel deportivo, ¿verdad? Y cuántos
perjuicios causan cuando se ponen en huelga. Hay que ver lo respondón que está
el servicio…
[…] —Qué comunidad más ciega y tonta
formamos, iter persollicitae depravationis et caliginosissimae moralis
caecitatis iam est ingressa, camina ya hacia su degradación más inquietante
y hacia la más tenebrosa ceguera moral, Mateo 6,22, sí. Se han necesitado
siglos para conquistar unos derechos y los regalamos en un cuarto de hora
porque nos ponen delante una app sexi. Iamque adeo afecta est aetas,
a tal punto está nuestra época quebrantada. Lucrecio, claro.
A Chuky le sobran razones en su crítica y lo que
señala es la tarea de la hora: se han necesitado siglos de lucha y esfuerzo
(represiones y muertes incluidas) para conquistar derechos básicos. Es
necesario protegerlos y defenderlos. Las nuevas plataformas representan un
enemigo impío enfrentado a esos derechos. Los quieren liquidar todos o casi
todos. Piensan en los trabajadores como “empresarios” que venden su
mercancía-capital, “la fuerza de trabajo”, a pelo, sin ninguna protección.
Pensar de nuevo la situación y apuntar iniciativas de movilización, denuncia y
defensa de lo conquistado es más urgente que nunca.
Pere Jodar y Jordi Guiu [4] han escrito en los
siguientes términos refiriéndosea la unidad de los trabajadores:
[…] está claro que el mercado del trabajo ha
explosionado en múltiples grupos, y que, incluso, se ha individualizado
extraordinariamente, rompiendo con el mito de la homogeneidad de la clase
trabajadora de los años dorados (1950-1980), pero el movimiento obrero se formó
también entre los trabajadores precarios de finales del siglo XIX y principios
del XX, así como en la España de los años cincuenta o sesenta. En definitiva,
hay asalariados, trabajadores: uno trabajan fijos, otros temporales, otros no
pueden trabajar, pero todos ellos continúan siendo trabajadores, no
“precariado”, ni “clase desocupada”.
Notas:
(1) Cristina Sáez, https://www.lavanguardia.com/ciencia/cuerpo-humano/20190312/46999524021/contaminacion-causa-800000-muertes-prematuras-europa.html
(4) Pere Jodar y Jordi Guiu, Parados en
movimiento. Historias de dignidad, resistencia y esperanza, Barcelona, Icaria,
2019l, p. 29.